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Los buenos vínculos nos rescatan en las crisis


Se dice que las crisis no dejan títere con cabeza. Entonces, recuperar esa cabeza (que seguramente ya no será la misma) se vuelve tan necesario como encontrar la brújula para regresar al hogar.


Quien haya experimentado una situación del estilo tsunami, sabe que se vivencia un antes y un después de aquélla. Y la cosmovisión posiblemente ya no quede intacta. Lo más probable es que uno mismo se cuestione nuevamente quién es, qué es lo importante en su vida, cuál es su lugar en el mundo o en relación a los otros…



Hasta acá podemos pensar que el impacto arrasó con todo lo que se creyó seguro antes del sacudón, aunque no sea así. Tal vez más tarde, ya más serenos, tenemos que reconocer que toda crisis deja un costado luminoso: el de hacer visibles los andamios en los que nos sosteníamos o creíamos estar sostenidos y que apuntalaban los sentimiento de identidad o de pertenencia. Y que sería bueno revisarlos. Tomemos como ejemplo el desempleo. Ese quiebre (económico sí, pero sobre todo emocional) seguramente se vive como un destierro; el ilusorio soporte que ya no sostiene. O pensemos en el caso del abandono de la pareja: otra vivencia que remite a la sensación de intemperie. Tal vez es una desolación que se venía presintiendo, o no: irrumpió como un huracán y se llevó todo de golpe. ¿Se llevó todo de golpe, o se venía anunciando y fue más cómodo mirar hacia otro lado, evitando afrontar los riesgos de una terapia intensiva para salvar la vida cuando aún se podía? A veces, frente a la desesperación o la angustia de lo incierto, más el miedo a la soledad, se cae en un círculo vicioso repetitivo: volver a colgarse de otra rama para reiniciar otra vuelta a la ilusión. Sin calcular la debilidad de la rama para sostenernos. Sin aprender a estar consigo mismo y valorarse. Sin comprender el riesgo de continuar en la fragilidad crónica. Y, sobre todo, sostener la idea de que se ama al otro, cuando en realidad es más lo que se lo necesita.


Por otro lado, los vínculos sólidos, aquellos que son reales y contundentes, pueden ser faros en esos momentos tan oscuros, señales luminosas que nos recuerden que las crisis son oportunidades. Son la opción para reinventarnos y transformarnos. Y ahí el otro es compañero en la crisis en tanto alienta ese pasaje porque cree en nuestra capacidad de lucha y superación espiritual. Confía en nosotros. Nos ama bien.


Ser testigos y protagonistas del cambio, tanto del propio como del otro, de las diferentes maniobras que implementamos para tolerar el desierto (y hasta apreciarlo) y regresar fortalecidos. ..De esto se trata la buena vincularidad, el verdadero sentido de las relaciones interpersonales. Por esto pienso que las decisiones personales son como la tierra: según lo que se haga con ella o cómo la coloque modifica el paisaje…


Así, la pertenencia, la posibilidad de tener un lugar entre los otros, nos va moldeando. Cada uno de los vínculos en los que vamos participando es una ocasión transformadora. Vamos co-construyendo lo que somos en las diferentes esferas en las que nos movemos. Por esto insistimos en que “podemos florecer” en los buenos vínculos.


También hemos señalados en reiteradas ocasiones la importancia de mantener un

protagonismo activo ante las crisis, como camino a superar la angustia paralizante. E incluso lograr orientarnos hacia soluciones más creativas y constructivas.


Una de las virtudes más acariciadas en estos momentos es la fortaleza. La nombramos como esencial a la hora de educar: para afrontar los momentos de incertidumbre y de cambios, para enfrentar la adversidad, resistirla y transformarla en aprendizaje. Para combatir esta generación que algunos estudiosos llaman “niños de cristal”, porque se quiebran ante la primera frustración.


Y, una vez más, la solución la hallamos en lo sistémico: en el entramado vincular familiar…Si le permitimos al niño enfrentar el límite, acercarse a la frustración, caerse y volverse a parar, le estamos regalando los recursos más valiosos para su acceso al mundo desde una postura de confianza, esperanza, alegría, dignidad.

Por Analía Boyadjián.

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